Vía Crucis - Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras
Parece que cada paso hacia el Calvario te traía una nueva humillación, mi Jesús. Cómo se rebeló tu naturaleza sensible al ser despojado ante una multitud de personas. Deseabas dejar esta vida tal como la habías comenzado: completamente desprendido de todas las comodidades de este mundo. Quieres que sepa sin lugar a dudas que me amaste con un amor desinteresado. Tu amor por mí no te causó más que dolor y tristeza. Lo diste todo y no recibiste nada a cambio. ¿Por qué me resulta tan difícil desprenderme?
En tu corazón amoroso, querido Jesús, ¿miraste al Padre mientras permanecías allí, en aquella colina azotada por el viento, temblando de frío y vergüenza y estremecido por el miedo, y le pediste que tuviera misericordia de aquellos que violarían su pureza y se burlarían del amor? ¿Pediste perdón por aquellos cuya codicia los llevaría a mentir, engañar y robar por unas pocas monedas de plata fría?
Perdónanos a todos, querido Jesús. Mira al mundo con compasión, pues la humanidad se ha descarriado y los principios de este mundo convierten la lujuria en un juego divertido y el lujo en una necesidad. El desapego se ha convertido en una simple penuria más para los pobres, y la obediencia, en la culpa de los débiles. Ten piedad de nosotros y concede a la gente de hoy el valor para verse y conocerse a sí misma, y la luz para cambiar.
Amén
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