Vía Crucis - Duodécima estación: Jesús muere en la cruz
¡Dios ha muerto! No es de extrañar que la tierra temblara, que el sol se ocultara, que los muertos resucitaran y que María se quedara allí, horrorizada. Tu cuerpo humano entregó su alma en la muerte, pero tu Divinidad, querido Jesús, siguió manifestando su poder. Toda la creación se rebeló cuando el Verbo hecho carne partió de este mundo. Solo el hombre fue demasiado orgulloso para ver y demasiado obstinado para reconocer la verdad.
¡La redención se había cumplido! El hombre nunca tendría excusa para olvidar cuánto lo amabas. El ladrón a tu derecha vio algo que no podía explicar: vio a un hombre colgado de un madero y supo que era Dios. Su necesidad le hizo ver su propia culpa y tu inocencia. La promesa de la vida eterna hizo que las horas que le quedaban de tortura fueran soportables.
Un simple ladrón respondió a Tu amor con profunda fe, esperanza y amor. Vio más allá de lo que sus ojos podían percibir: sintió una Presencia que no podía explicar y contra la que no se atrevía a discutir. Se encontraba en una situación de necesidad y aceptó la forma en que Dios había dispuesto ayudarlo.
Perdona nuestro orgullo, querido Jesús, pues pasamos horas especulando, días discutiendo y, a menudo, toda una vida rechazando tu muerte, que es un misterio sublime. Ten piedad de aquellos cuya inteligencia los lleva al orgullo, pues nunca sienten la necesidad de acudir al Hombre de Dolores en busca de consuelo.
Amén
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