
A lo largo de los siglos, han surgido otras muchas formas de vida religiosa, en las que innumerables personas, renunciando al mundo, se han consagrado a Dios mediante la profesión pública de los consejos evangélicos, de acuerdo con un carisma específico y en una forma estable de vida en común, con el fin de llevar a cabo diversas formas de servicio apostólico al Pueblo de Dios... Este es un testimonio espléndido y variado, que refleja la multiplicidad de dones concedidos por Dios a los fundadores y fundadoras quienes, abiertos a la acción del Espíritu Santo, interpretaron con acierto los signos de los tiempos y respondieron sabiamente a las nuevas necesidades. Siguiendo sus pasos, muchas otras personas han buscado, con palabras y obras, encarnar el Evangelio en sus propias vidas, trayendo de nuevo a su tiempo la presencia viva de Jesús, el Consagrado por excelencia, el Enviado por el Padre. En cada época, los hombres y mujeres consagrados deben seguir siendo imágenes de Cristo Señor, fomentando mediante la oración una profunda comunión de espíritu con Él (cf. Fil 2, 5-11), para que toda su vida esté impregnada de espíritu apostólico y su labor apostólica, de contemplación.
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