¿Qué es el Segundo Mandamiento y por qué es tan importante el nombre de Dios?
El segundo mandamiento es respetar el nombre del Señor. Al igual que el primer mandamiento, pertenece a la virtud de la religión y, más concretamente, rige nuestro uso del lenguaje en asuntos sagrados.
—CCC, n.º 2142
Ante la zarza ardiente, Moisés le preguntó a Dios por su nombre. Dios respondió: “Yo soy el que soy... Esto es lo que dirás a los israelitas: Yo soy me ha enviado a vosotros” (Éxodo 3:14). Los hebreos trataban este nombre de Dios con tal respeto que no lo pronunciaban. Lo honraban en silencio. Solo el sumo sacerdote, una vez al año, en la fiesta de la expiación, pronunciaba este nombre durante la ofrenda de incienso en el Lugar Santísimo del templo. Por reverencia al santo nombre revelado, el pueblo sustituía el nombre Adonai, que significa “Señor”. Los judíos modernos adaptan esta costumbre escribiendo “Dios” en lugar de la ortografía habitual.
El segundo mandamiento nos llama a la virtud de la reverencia hacia Dios, que nos enseña a conocer y preservar la diferencia entre el Creador y la criatura. El respeto por el nombre de Dios nos impide reducirlo a un mero hecho, o incluso a algo que podemos controlar o manipular. Al mismo tiempo, un Dios misericordioso desea tener una relación íntima con nosotros, hasta el punto de encarnarse en Jesucristo y morar en nosotros a través del Espíritu Santo. En el Evangelio de Juan, Jesús aplica a sí mismo la expresión “Yo soy” (cf. Jn 8, 58), identificándose así con Dios. Se distingue de su Padre y del Espíritu Santo, a quien enviará al mundo después de su resurrección. Esta fue una de las formas en que Jesús nos abrió a la comprensión de Dios como Trinidad.
Un nombre transmite de alguna manera la realidad de una persona: su origen, su historia, su propio ser. Por eso las personas protegen sus nombres y esperan que se traten con honor. El nombre de Dios, obviamente, merece el mayor honor y respeto. El Señor nos da un mandamiento que nos pide que reverenciemos su nombre y que no lo usemos de manera irrespetuosa o manipuladora. Cuando Jesús enseñó el Padrenuestro, su primera petición fue “Santificado sea tu nombre”. También alabamos el santo nombre de Dios en cada misa, al comienzo de la plegaria eucarística, cuando recitamos o cantamos el Santo, Santo, Santo.
También sacamos fuerzas al recordar nuestro Bautismo, que nos inició en la Iglesia “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Ser bautizados en el nombre de la Trinidad significa ser sumergidos en la vida misma del Padre, del Hijo y del Espíritu. El nombre de Dios nos santifica. En el bautismo, también solemos recibir el nombre de un santo, un discípulo de Cristo que ha llevado una vida ejemplar, para recordarnos nuestra llamada a la santidad. Los santos patronos, es decir, el santo o santos cuyo nombre se nos ha dado, sirven de ejemplo del camino hacia la santidad por su testimonio de fe, esperanza y amor. También interceden ante Dios por nuestro bien. Dios nos llama por nuestro nombre. Nuestro nombre es sagrado. Debemos honrar el nombre de Dios y los nombres de los demás para hacer de nuestro mundo un lugar de dignidad y respeto.
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