“El próximo arzobispo tendrá que estar a la altura de la tarea de guiar a la Arquidiócesis a través de sus desafíos financieros”. “Tendrá que ser un gran administrador que sepa aprovechar la considerable experiencia laica en esta área”. “Tendrá que dar prioridad a la transparencia”. Todas estas son respuestas que escuché repetidamente durante las diez sesiones de escucha celebradas en la arquidiócesis en las últimas semanas.
Al enumerar las cualidades que busca en un obispo, el papa Francisco ha indicado en repetidas ocasiones que espera nombrar obispos que sean testigos alegres y devotos de la resurrección de Cristo, hombres con corazón pastoral que sean “vecinos y servidores” y que sean pastores “amables, pacientes y misericordiosos” para el rebaño de Cristo. Al mismo tiempo, ha reconocido que “sin duda es útil” que esos pastores “tengan la astucia de un administrador”. Ser un buen administrador es parte de ser un buen pastor.
El Informe Financiero Anual de 2015 de la Arquidiócesis de St. Paul y Minneapolis publicado en [el Número del 19 de noviembre de The Catholic Spirit] sin duda confirmaría la percepción generalizada de que el próximo arzobispo se enfrentará a algunos retos financieros apremiantes al iniciar su ministerio al servicio de esta Iglesia local. Al mismo tiempo, el informe anual ilustra que ya se está haciendo mucho para abordar esos retos considerables y sentar las bases para volver a la estabilidad a largo plazo.
Reconozco que, lamentablemente, esos avances positivos se ven eclipsados por la magnitud de los costos extraordinarios, ajenos a nuestro presupuesto operativo habitual, que se indican en el informe anual de este año. Aunque en nuestro informe financiero se denominan “gastos por asuntos especiales”, se entienden más fácilmente como los gastos asociados al proceso de quiebra y a la resolución de las demandas civiles y penales que se han interpuesto contra la arquidiócesis. La buena noticia es que no se trata de costos anuales que se repetirán en el futuro; la mala noticia, sin embargo, es que son considerables.
En cualquier quiebra, la parte que solicita la reorganización asume los costos no solo de sus propios abogados, sino también los de los acreedores. Les puedo asegurar que esos costos son cuidadosamente examinados por el tribunal de quiebras, así como por nuestros acreedores. Además, puedo dar fe de que la arquidiócesis supervisa de cerca esos costos y está trabajando con abogados de todas las partes para tratar de minimizarlos en la medida de lo posible. Si bien los gastos asociados con la reorganización son elevados, la experiencia en otras diócesis y situaciones similares sugiere que estos gastos deben considerarse como una inversión sólida, no solo en una resolución eficiente y equitativa de las reclamaciones, sino también en una Iglesia que está en mejores condiciones de cumplir su misión.
En los cinco meses que llevo sirviendo aquí como administrador apostólico “sede vacante”, me ha impresionado constantemente el compromiso de la Arquidiócesis con la buena administración. Los miembros del Consejo Directivo Corporativo, el Consejo Financiero Arquidiocesano y el Colegio de Consultores han reconocido generosamente que los tiempos extraordinarios requieren esfuerzos extraordinarios.
Su apertura a nuevas oportunidades de colaboración ya ha dado lugar a un fructífero intercambio de ideas y experiencias que está resultando invaluable para abordar de frente los graves desafíos que tenemos ante nosotros. Plantean preguntas difíciles, establecen estándares elevados y se esfuerzan sin descanso por garantizar que, en medio de todas las cifras y los análisis financieros, nunca perdamos de vista el imperativo moral.
A medida que he ido conociendo a los líderes comunitarios que desempeñan esas funciones, me ha quedado claro que la arquidiócesis se beneficia tanto de su experiencia real como de su buena voluntad.
Estoy seguro de que, al leer detenidamente el informe anual, ustedes, al igual que yo, se darán cuenta de los grandes avances que ya está logrando el personal de la arquidiócesis para ayudar a restablecer la salud financiera de nuestras operaciones. Los directores de nuestros departamentos asisten a reuniones mensuales sobre el presupuesto para revisar cuidadosamente sus gastos, en un esfuerzo por ser lo más eficientes y responsables posible. Aunque la actual situación financiera ha obligado a reducir considerablemente la plantilla, las distintas oficinas de la arquidiócesis han logrado, de alguna manera, responder con profesionalidad a las necesidades de esta Iglesia local. Su alegría y su compromiso con la Iglesia han sido para mí una gran fuente de motivación.
Soy consciente de que la arquidiócesis solo puede continuar con su buena labor gracias a su generosidad. Les agradezco su apoyo y les animo a leer el informe anual y a continuar con sus oraciones para que el Señor bendiga a esta Iglesia local con un pastor sabio y prudente según su corazón.