Una Sola Cosa es Necesaria

Cómo pueden las familias católicas esforzarse para estar unidas en esta vida y en la próxima

Carta pastoral a las familias del Arquidiócesis de Saint Paul y Minneapolis

Sección I

El desafío urgente y la puerta angosta

1. Criar una familia cristiana nunca ha sido fácil. En cada época y cultura se presentan dificultades que surgen de los diferentes tipos de personalidades que encontramos en nuestras familias, así como también de nuestras debilidades y egoísmos, y también por la falta de comunicación y los malos entendidos.

Encima de estos desafíos perennes, las familias de hoy enfrentan desafíos únicos de nuestro tiempo. Aunque continuamente me inspiran las familias firmes y vibrantes de nuestra comunidad que hacen todo lo que pueden para transmitir la fe y apoyarse amorosamente, muy a menudo estas familias me comparten sobre lo que parece ser una batalla cuesta arriba.  A nuestro alrededor, vemos en la sociedad en general una disminución en las prácticas religiosas y en la afiliación a las iglesias. Hay una reducción significante de parejas que desean el sacramento del matrimonio, o al menos, elegir el matrimonio civil. Vivir juntos antes del matrimonio se ha vuelto algo aceptable y el número de niños que nacen fuera del matrimonio continúa aumentando.  Los comentadores sociales de toda clase hacen referencia al número de niños empobrecidos de muchas maneras por la ausencia del padre en sus vidas.

Como lo expresó el papa Francisco en la Bula de Convocación del Jubileo del año 2025, Spes non confundit, también hay un triste fenómeno de personas jóvenes que han perdido su entusiasmo por la vida y su deseo de transmitirla, con el resultado de que, “a causa de los ritmos frenéticos de la vida, de los temores ante el futuro, de la falta de garantías laborales y tutelas sociales adecuadas, de modelos sociales cuya agenda está dictada por la búsqueda de beneficios, más que por el cuidado de las relaciones, se asiste en varios países a una preocupante disminución de la natalidad”.7 Podemos ver que en nuestro propio estado de Minnesota, el amplio acceso al aborto y la aceptación de los anticonceptivos separa los fines tradicionales del matrimonio y opaca cada vez más la dignidad de toda vida humana.

Debido a estas realidades, no deberíamos sorprendernos de que, aún las familias más fuertes, están notando un aumento de la depresión y ansiedad, y están enfrentando los efectos de las elevadas vías de escape que se buscan en las drogas, el alcohol, la pornografía, la tecnología y las pantallas.

Las pantallas ya están presentes en todos lados en la vida americana moderna, y debemos ser honestos con nosotros mismos sobre lo que este cambio significa para los niños y la vida de la familia católica, especialmente para los más jóvenes. Mientras que el tiempo frente a las pantallas puede crear oportunidades de conexión entre familias y comunidades, no es un espacio neutral para los niños. Esta realidad requiere que los padres ejerciten una vigilancia urgente de los contenidos peligrosos y de las interminables distracciones que causan daños duraderos.

Considere esto: En el año 2023, el Cirujano General de los Estados Unidos declaró una “epidemia de soledad y aislamiento”8 que brota, en parte, de las redes sociales, los teléfonos inteligentes, la realidad virtual y la inteligencia artificial (IA).

¿Cómo se verían nuestras familias y nuestra sociedad si usáramos sólo una parte del tiempo que pasamos frente a las pantallas mirando las caras de nuestros familiares?

Queridas familias, por favor anímense. No están solos. La Iglesia camina con ustedes, la Iglesia los ama y ¡la Iglesia los necesita!

2. El papa san Juan Pablo II claramente vio que “el futuro de la humanidad se fragua en la familia”.9  Este camino es, de hecho, un llamado a la santidad que no es para los débiles de corazón, un llamado que demanda un diario crecimiento y renovación.  Es un llamado a abrazar “la puerta angosta” que el mismo Jesús nos reveló: “Entren por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él. Pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación!” (Mat 7, 13-14). 

Estamos bendecidos con la abundante gracia de Dios y con los ejemplos de las familias santas que nos recuerdan que, de hecho, es posible para nosotros pasar por esa puerta angosta. Recientemente, el papa León nos mostró a tres parejas santas para imitar y cuya santidad fue conjuntamente reconocida por la Iglesia: santos Celia y Luis Martin (padres de santa Teresa de Lisieux, canonizados juntos en 2015 y de quienes hicimos referencia en el prefacio de esta carta), beatos Luis y María Beltrame Quattrocchi (beatificados por san Juan Pablo II  en 2001) y finalmente los beatos José y Victoria Ulma (beatificados junto con sus hijos por el papa Francisco en 2023).

Tuve la bendición de estar presente en la Plaza San Pedro cuando el señor y la señora Beltrame Quattrocchi fueron beatificados. Recuerdo que en el librito que prepararon para la Misa de beatificación, incluyeron una referencia sobre las pequeñas notas que María ponía en la lonchera de Luis.  Al igual que los padres de la “pequeña flor”, Luis y María eran agradablemente ordinarios y ciertamente personas con las que nos podemos identificar, “los santos de la puerta de al lado”.  Después de sus beatificaciones, san Juan Pablo II hizo que sus restos se trasladen al Santuario del Divino Amor en la periferia de Roma, donde cientos de familias Romanas se reúnen los domingos, para recordarles que la santidad es alcanzable. Con frecuencia me he detenido ante sus tumbas para orar por mi familia y por todas las familias.  

Recientemente hice un peregrinaje a Markowa, en Polonia, para orar frente a la tumba de la familia Ulma y pedir por su intercesión, para que esta Carta Pastoral pueda dar algunos frutos pastorales en nuestra arquidiócesis. Los Ulma eran simples granjeros en el sureste de Polonia (vivían en la misma diócesis de la familia de mi abuela, la arquidiócesis de Przemysl). Este matrimonio, junto a sus seis hijos y uno en camino, fueron brutalmente asesinados por los Nazis en 1944 por haber refugiado en su granja a judíos que se estaban escapando de la persecución del Tercer Reich.

Mientras que a José y Victoria se los recuerda ahora por su martirio, el museo de su pueblo presenta el cuadro de una pareja profundamente enamorada y dedicada a sus hijos, con el deseo de enseñarles sobre Cristo y su mandamiento de ser como el Buen Samaritano al amar a nuestro prójimo, entendido en el más amplio de los contextos.  José tenía la única cámara de fotos en Markowa y sus fotos muestran no solo la crónica de la vida durante la guerra en su pueblo, sino también la vida ordinaria de su extraordinaria familia, pobres como ratones de iglesia, pero ricos en amor.      

Aun aquí en Minnesota podemos caminar juntos con estas familias santas y, de esta manera, nunca estaremos solos.    

Para ser claros, la perseverancia en la puerta angosta requiere de las gracias que se derraman de nuestra enraizada amistad con Jesucristo. Solamente en el contexto de esa relación esencial, podrán nuestras demás relaciones estar orientadas a nuestro más alto llamado: la vida eterna con Dios.  

Ustedes queridas familias, han sido creadas para la vida eterna. En contraste, estar en la cultura moderna sin un buen orden de práctica de la fe, es ser meramente de la cultura. Y ser de la cultura puede jalarnos fuera de la puerta angosta de la santidad y dentro del amplio y prevalente camino cultural que muy frecuentemente lleva a la falta de Dios, al egoísmo y a la decadencia.  

Debido a que las familias caminan juntas, estamos invitados a caminar hacia la puerta angosta, no solamente para nosotros mismos sino también con y por nuestro esposo o esposa, nuestros hijos, nuestros padres y nuestros hermanos. Particularmente, debemos formar, educar y acompañar a los miembros más jóvenes de nuestras familias; debemos hacer nuestra parte en preparar y cultivar la tierra de sus preciosas almas jóvenes. Este llamado sagrado es urgente.

3. Debemos caminar con nuestros ojos bien abiertos mientras permitimos que el Señor lleve nuestras miradas a las más profundas, verdaderas y duraderas realidades que nos envuelven a todos nosotros como creyentes: hacia los santos hombres y mujeres de antes y de ahora, hacia la esperanza de las promesas de Dios y hacia el cielo. No podemos dejar de maravillarnos de la constante relevancia de la Parábola del Sembrador que nos dejó el Señor y que fue el pasaje del Evangelio al que se refirió el papa León en su primera Audiencia General como sucesor de Pedro:

“El sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, unos granos cayeron a lo largo del camino: vinieron las aves y se los comieron. Otros cayeron en terreno pedregoso, con muy poca tierra, y brotaron enseguida, pues no había profundidad. Pero apenas salió el sol, los quemó y por falta de raíces, se secaron. Otros cayeron en medio de cardos: estos crecieron y los ahogaron. Otros granos, finalmente, cayeron en buena tierra y produjeron cosecha, unos el ciento, otros el sesenta y otros el treinta por uno. El que tenga oídos, que escuche” (Mat 13, 3-9).

Al ofrecer esta parábola memorable, Jesús, el Maestro Divino, no está presentando una abstracción, sino que está articulando la profunda verdad teológica sobre el continuo ofrecimiento de la gracia de Dios — de hecho, el ofrecimiento de su vida misma — y de nuestra libertad para elegir el aceptar o rechazar ese ofrecimiento.  Jesús explicó a sus discípulos que, en la vida real, el grano es la Palabra de Dios, quien no es una ideología, sino una Persona, verdadero Dios y verdadero Hombre. ¿Y la tierra? El papa León concluye que “es nuestro corazón, pero también es el mundo, la comunidad, la Iglesia”.10 Aquí cabe hacernos una pregunta, ¿qué tierra encuentra el Señor en mi corazón, en nuestro mundo, en nuestra comunidad, en nuestra Iglesia? ¿Cómo recibo el ofrecimiento de Él mismo que me hace cada día? ¿En qué camino estoy andando yo? ¿Y en qué camino está mi esposa, mi esposo, mis hijos, mis padres?

Tomemos un momento para examinar los diferentes tipos de caminos, y ver lo que cada uno de ellos representa para nuestras familias.

4. Durante el mensaje que ofreció después del Ángelus el 12 de julio de 2020,11 el papa Francisco exploró los cuatro “caminos” que hay frente a nosotros. El papa identificó el primer camino, como el “camino de la distracción”. La “vida ocupada”, a primera vista, puede parecer productiva y eficiente. Aquí los pájaros se juntan y pian, pero también se comen las semillas inmediatamente: “Acosados por tantos chismorreos, por tantas ideologías, por las continuas posibilidades de distraerse dentro y fuera de casa, se puede perder el gusto del silencio, del recogimiento, del diálogo con el Señor, tanto como para correr el riesgo de perder la fe, de no acoger la Palabra de Dios. Estamos viendo todo, distraídos por todo, por las cosas mundanas”. Esta percepción nos lleva a preguntarnos, ¿cuándo, en nuestra vida del hogar, propiciamos momentos y lugares de silencio y reflexión? Al segundo camino lo comparó con un terreno rocoso.  Para los espectadores, este camino puede parecer “armado”, bien preparado y controlado. Pero a pesar de su fachada bien cuidada, le falta profundidad para que las semillas puedan echar raíces.  “Es la imagen”, dice el papa Francisco, “de aquellos que acogen la Palabra de Dios con entusiasmo momentáneo pero que permanece superficial, no asimila la Palabra de Dios. Y así, ante la primera dificultad, pensemos en un sufrimiento, una turbación de la vida, esa fe todavía débil se disuelve, como se seca la semilla que cae en medio de las piedras”.  Esta reflexión nos lleva a preguntarnos, ¿cómo en nuestra vida del hogar nos motivamos a sosegarnos para ir a lo profundo de nuestras mentes y corazones, para finalmente estar en oración y poder resistir las perturbaciones que se nos presentan en nuestro camino? El tercer camino en la parábola está lleno de arbustos y cardos. El papa Francisco nos enseñó que en este camino las atracciones y afirmaciones del mundo toman el primer lugar. En este medio, “las espinas son el engaño de la riqueza, del éxito, de las preocupaciones mundanas… Ahí la Palabra crece un poco, pero se ahoga, no es fuerte, muere o no da fruto”. La reflexión del finado Santo Padre nos lleva a preguntarnos, ¿cómo, en nuestra vida de hogar, encontramos maneras de examinar nuestras conciencias para darnos cuenta cuándo y cómo estamos siendo motivados por el mundo y sus atracciones? Finalmente llegamos al cuarto camino, la tierra buena: “Aquí, y solamente aquí, la semilla arraiga y da fruto. La semilla que cae en este terreno fértil representa a aquellos que escuchan la Palabra, la acogen, la guardan en el corazón y la ponen en práctica en la vida de cada día”. Finalmente tenemos el camino por el que nosotros y nuestras familias debemos andar, el camino que debemos mostrarle al mundo. Como dijo san Juan Pablo II, “Como va la familia, así va la nación y así va el mundo entero en el que vivimos”.12
5. Queridas familias, sé que no siempre es fácil elegir el cuarto camino. En algún punto de nuestras vidas, puede que nos encontremos entre los cardos o batallando para profundizar nuestras raíces. Es precisamente en esos momentos cuando debemos llevar a lo profundo de nuestro corazón una reflexión final sobre esta parábola que ofreció el papa León, quien nos recuerda sobre la cercanía y la asistencia de Dios, aun cuando enfrentamos los desafíos de la vida:

Es cierto que el destino de la semilla depende también de la forma en que la recibe el terreno y de la situación en que se encuentra, pero ante todo, con esta parábola, Jesús nos dice que Dios arroja la semilla de su palabra sobre todo tipo de terreno, es decir, en cualquier situación en la que nos encontremos: a veces somos más superficiales y distraídos, a veces nos dejamos llevar por el entusiasmo, a veces estamos agobiados por las preocupaciones de la vida, pero también hay momentos en los que estamos preparados  para recibirla. Dios confía y espera que tarde o temprano la semilla florezca. Él nos ama así: no espera a que seamos el mejor terreno, siempre nos da generosamente su palabra. Quizás precisamente al ver que Él confía en nosotros, nazca en nosotros el deseo de ser un mejor terreno.13

Cuánto deseo que ese amor, el esperanzador amor de Dios Padre, esté presente en todas las familias de esta arquidiócesis. Ya que Dios nos ama tanto y claramente ve el potencial de cada uno de nosotros, ¿cómo no podría su Iglesia amar de manera similar, asistiéndolos a ustedes en sus esfuerzos de apoyar a sus familias, para que las semillas que el Sembrador Divino ha sembrado florezcan en cada una de ellas?  Me siento inspirado cuando veo lo profundo que ustedes desean amar a los miembros de sus familias hasta la eternidad, caminar el camino angosto con ellos, transmitirles la fe con su sabiduría, consuelo y salvación. Sin embargo, muchos de ustedes expresan frustración de no saber la mejor manera de hacerlo y humildemente se vuelven a la Madre Iglesia para recibir su ayuda. Esta carta es un humilde intento para asegurarles que la Iglesia está escuchando y desea caminar con ustedes. No están solos.

Sección II

¿Qué se requiere para cumplir la tarea?

6. La tarea del discipulado cristiano nunca termina. Aun en el cielo, los santos se deleitan en el desarrollo de la visión y planes de Dios mientras que atentamente interceden por nosotros. ¡Qué realidad tan hermosa! Aun así, para aquellos de nosotros que todavía estamos en el camino en esta tierra, la diaria transformación en Cristo que hace posible vivir fielmente nuestra vocación puede resultar abrumadora, como un camino lleno de desafíos. Los padres a menudo experimentan dolor e incluso vergüenza con sus propias limitaciones y errores percibidos; quizás se cuestionan si son capaces de guiar a sus propios hijos al cielo.

Reconocer nuestras deficiencias es siempre doloroso. El papa León sugiere que es precisamente en esos momentos en que “nos damos cuenta de que no somos terreno fértil” cuando no debemos desanimarnos, “sino pedirle al Señor que siga trabajando en nosotros para convertirnos en terreno mejor”.14

Nadie viaja solo. Ninguna vocación genuina se origina simplemente de la propia idea de autorrealización o autodeterminación, más bien, viene de nuestro Creador. Si somos capaces de aceptar que ser un fiel padre o abuela o hijo o hija católico es un llamado de Dios y se origina en su plan, podemos tener la confianza de que Él mismo nos dará la gracia para vivir esa vocación y para fortalecer nuestra cooperación con su plan.

Si necesitamos justificar esta confianza, no debemos buscar más allá de lo que Dios Padre ha hecho por nosotros dándonos a Jesús y su Palabra como nuestra Semilla, sabiendo plenamente que “la Semilla, para dar frutos, debe morir”. ¡Nunca ha habido un sacrificio más grande! Así es lo profundo que nuestro Señor entra en nuestra realidad, en nuestras familias y en nuestros corazones para transformarnos.  El papa León nos recuerda que “Dios está dispuesto a «desperdiciarse» por nosotros y que Jesús está dispuesto a morir para transformar nuestra vida”.15

Para cooperar con este derrame de gracias, les ofrezco tres prácticas parentales primordiales.   

7. Primero, estamos llamados a darle a Jesús la primacía en nuestras vidas. En su carta por el décimo aniversario de la canonización de Celia y Luis Martin, el papa León notó que este matrimonio escogió como lema para su matrimonio “servir primero a Dios”, una frase que popularizó santa Juana de Arco.16 Nuestro llamado es primero amar a Jesús y amar como Él ama para imitarlo a Él. Es en este sentido que “una sola cosa es necesaria”. Por gracia, deben esforzarse para amar a sus hijos con el amor con el que nos ama Cristo; amarlos en las buenas y en las malas, en sus fortalezas y en sus dudas, en su fidelidad y en sus resistencias. Ser padres y madres fieles es dar hasta que duela y un poco más; no se lleva la cuenta de cuanto se ha dado, ni hay una tarjeta de puntuación, ni tampoco se exige una perfecta reciprocidad por todo lo que se ha hecho. Sin embargo, sabemos que el Amor y la Verdad nunca pueden separarse. Para que los dos sean auténticos, deben encontrar la unidad en el Uno que es ambos, Verdad y Amor: sólo Jesús. Me dicen que los padres con frecuencia reciben presión de otros padres, y aún de los profesionales, para “amar” a sus hijos afirmando todas sus elecciones y decisiones, pero no todas sus elecciones y decisiones se pueden afirmar. La dignidad de la persona es lo que afirmamos. La infinita ofrenda de gracia que Jesús constantemente nos ofrece es lo que afirmamos. Asimismo, su invitación a regresar a Él cuando sea que hayamos pecado, y regresar a Él una y otra vez, es lo que debemos afirmar. Damos testimonio de esto con nuestra propia aceptación de nuestras limitaciones, nuestra propia dependencia de su gracia que nos lleva a la conversión, nuestro propio deseo de aprender de nuestros errores. Esta actitud más matizada de la crianza de los hijos es demasiado rara en nuestra sociedad relativista. Hoy, como nos recuerda el papa León, “es difícil construir relaciones auténticas, porque decaen las premisas objetivas y reales de la comunicación ”.17 Estos desafíos, particularmente en el contexto de la familia, solamente se pueden enfrentar con y en Cristo y dentro del contexto de nuestra propia relación dinámica y creciente con Dios.18 Esta es la verdadera comunidad — y comunión — a la cual deben invitar a sus hijos y a los miembros de la familia, y comienza con la renovación de nuestra propia vida de fe. Ustedes sirven a sus familias al ser injertados en la vid que es Jesús (Jn 15). Si quieren que sus hijos conozcan a Jesús, deben ayudarlos a que ellos vean a Jesús en ustedes. Si se esfuerzan por estar en continua conversación y comunión con Dios trino, el poder del Espíritu Santo pasará a sus hijos a través de ustedes. Recordamos aquí una admonición atribuida a san Francisco de Asís, que “todos los hermanos prediquen con las obras”.19   
8. Muy conectada a la primera práctica, la segunda requiere que nos esforcemos por vivir una vida de virtud como nos enseña Cristo y su Iglesia. Al buscar crecer en el entendimiento de las enseñanzas de nuestra Iglesia, permanecer fieles a los preceptos de la Iglesia, leer la Palabra, orar, adorar a Dios, participar en los Sacramentos y llevar a cabo las obras de misericordia corporales y espirituales, estamos demostrando que nuestra fe es más que una idea; es una práctica que se vive con devoción. ¡Qué llamado tan alto! ¿Quién puede estar a la altura de esto? ¿Quién de nosotros es inocente frente a Dios?20 Dios no pide el perfeccionismo. No, como padre o madre católicos no están llamados a ser perfectos como si ya fueran una obra terminada. Pero, por favor, queridos padres y madres, procuren cada día modelar el camino hacia la perfecta amistad con Dios. Den muestras de como el creyente camina entre altos y bajos y de cómo regresa una y otra vez a los Sacramentos, que son la fuente de gracia y sanación.   Con sus propias vidas demostrarán como caminar cuando hay distracciones y espinas. Con sus vidas les mostrarán a sus hijos cómo caminar durante los tiempos de infertilidad y sequía. Y, sobre todo, les mostrarán lo que leemos de las palabras del papa León: “Él no espera a que seamos el mejor terreno, siempre nos da generosamente su palabra. Quizás precisamente al ver que Él confía en nosotros, nazca en nosotros el deseo de ser un terreno mejor”.21 Tengo la esperanza de que el deseo de un mejor terreno empezará a despertar en sus hijos y familiares cuando ellos vean la confianza que ustedes tienen en Dios y en ellos.

9. Finalmente, la tercera práctica clave es reconocer que todos los hijos son primero hijos de Dios. Los hijos jamás pueden ser un objeto de posesión para ustedes. Ellos no son sus proyectos. Con este reconocimiento de su verdadero Padre Celestial viene el ánimo y la expectativa, la amabilidad y la responsabilidad, la misericordia y la justicia. Esto hace a sus hijos especiales, pero también los llama a una responsabilidad especial.

Un amor incondicional que nunca falla en reconocer a quien pertenecen los hijos (y que no solo reconoce sus logros) les recordará a ellos, en medio de un mundo de afectos cambiantes y pasajeros, el eterno valor que poseen. Al mismo tiempo, pone sobre ellos ciertas expectativas que los llevan a una más profunda, responsable y amorosa relación con Dios. Como Cristo nos recuerda: “Al que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho; y cuánto más se la haya confiado, tanto más se le pedirá cuentas” (Lc 12, 48). El sentido de tener dignidad, de ser amado y de ser responsables, les recordará a los hijos que son valiosos ante los ojos de Dios y en sus familias. Esto, a su vez, promueve una cultura familiar que es un anticipo de la vida celestial. 

10. Esta cultura familiar no se debe vivir solamente dentro de las paredes de la casa; debe también impregnar toda la sociedad. La sociedad, por lo tanto, debe promover la familia. Temprano en su pontificado, el papa León recordó a los líderes del mundo que “es tarea de quien tiene responsabilidad de gobierno aplicarse para construir sociedades civiles armónicas y pacíficas. Esto puede realizarse sobre todo invirtiendo en la familia, fundada sobre la unión estable entre el hombre y la mujer, «bien pequeña, es cierto, pero verdadera sociedad y más antigua que cualquiera otra»”.22 La clara enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia,23 es percibida con demasiada frecuencia como divisiva. Es, sin duda, contracultural, pero, como dice el papa León, jamás es correcto considerar a la verdad como fuente de división: “La verdad no nos aleja; por el contrario, nos permite afrontar con mayor vigor los desafíos de nuestro tiempo”.24 Es la verdad de la inherente dignidad de cada persona humana y de la unidad familiar como un todo, lo que debe ser nuestra piedra fundamental. 

Sección III

Matrimonio sacramental: el fundamento esencial para una familia de discípulos

11. Vivimos en un mundo diseñado para la comunión y la solidaridad. En el mismo principio de nuestra creación, Dios reconoció una disonancia cósmica en el estado solitario de su amado Adán, “No es bueno que el hombre esté solo. Le daré, pues, un ser semejante a él para que lo ayude” (Gen 2, 18). Con esto en mente, Dios creó a Eva, — maravillosa con su humanidad, común y gloriosa en su distintiva feminidad — para acompañar a Adán. Adán reconoció el puro deleite de una compañera, una compañía de intimidad incomparable, quien, al igual que él, podía apreciar la belleza y buscar el significado. De hecho, las primeras palabras que escuchamos de Adán son de alegría y agradecimiento:

Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada varona porque del varón ha sido tomada (Gen 2, 23).

“Esta sí”, exclamó. “Esta sí”. El regocijo que siente Adán nos recuerda las palabras del cardenal José Ratzinger antes de ser elegido papa Benedicto XVI: “El hombre no se contenta con soluciones que no lleguen a la divinización”.25 No vivimos solamente para esta vida. Hemos sido creados para el Cielo y fuimos creados para encontrar nuestra plenitud en Dios. Ahora bien, es cierto que esa divinización — haciéndonos más y más a su imagen — se logra solamente a través de la gracia ilimitada de Dios. Y, sin embargo, los Diez Mandamientos están entre los preceptos más antiguos que nos guían hacia nuestra esperanza de divinización. Lo que descubrimos en los Diez Mandamientos es que nos orientan al arte de vivir en santa comunión con Dios y con nuestro prójimo.
12. Fuera de nuestra relación con Dios, ¿qué forma de compañerismo es el principal entre los seres humanos? El matrimonio sacramental. El hombre y la mujer tienen una distinguida complementariedad. Parecidos pero diferentes, el hombre y la mujer superan hermosamente la “soledad” a la que podemos sentirnos tentados, y, al mismo tiempo, dan fruto en unión con el otro. Muy pocos pueden superar la poesía del Génesis en su ilustración de la unión mística a la que entran el hombre y la mujer en el matrimonio. “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y pasan a ser una sola carne” (Gen 2, 24). Cuando esta forma de unión encuentra su expresión en el matrimonio, se vuelve la relación fundacional, la célula inicial, la primera comunidad, la cultura originadora que da origen a una civilización. Como lo dice el Catecismo, “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados”.26 Al igual que el bautismo, la reconciliación, la Santísima Eucaristía, la confirmación, el orden sagrado y el sacramento de los enfermos, el matrimonio se eleva al nivel de sacramento. Solamente a través de Cristo — Amor y Don encarnado — es que el amor y don del matrimonio sacramental se hace posible.

13. Para los bautizados, el matrimonio es sacramental y por esto extraordinariamente fuerte. Eterno, indisoluble e inefable, ¿cómo puede fallar un matrimonio? Falla porque el matrimonio sacramental es también increíblemente delicado. Formado por dos personas, con dignidad, pero falibles, que viven en un mundo con grandes esperanzas, pero también con grandes rupturas, el matrimonio soporta y transforma las pruebas de la vida. La vida con todos sus temores y ansiedades, sus agresiones e incertidumbres, puede tristemente romper a las personas más fuertes y a las relaciones más sólidas, pero especialmente a quienes perdieron contacto con Dios al alejarse de los sacramentos y de la oración diaria. Solamente Él es la fuente de toda esperanza, fortaleza y salvación.

Pero un matrimonio sólido con sus raíces en Dios y fundado en el hábito diario de “desear el bien del otro” es un camino seguro.  El autor Inglés G.K. Chesterton dijo en broma una vez: “Todo el placer del matrimonio consiste en que constituye una crisis perpetua”.27 Esto quiere decir que mientras que el matrimonio puede ser difícil, es también sumamente bueno, aún en las dificultades. 

Abrahán y Sara, Zacarías e Isabel, Luis y Celia y por supuesto José y María, nunca vivieron vidas idílicas, libres de ansiedad o desafíos, pero vivieron vidas con fiel devoción a Dios y a sus matrimonios, para poder así criar hijos llenos de fe como Isaac, Juan el Bautista, Teresa de Lisieux y, por supuesto, Jesús. Un matrimonio fundado en Dios importa. 

Sección IV

“Familia de Familias” — La Iglesia apoyando a las familias en su camino al Cielo

14. Una de las líneas de apertura más famosas (y audaces) en toda la literatura nos llega de la obra de León Tolstói, Ana Karenina: “Todas las familias felices se parecen entre sí; cada familia infeliz, es infeliz a su manera”.28 Naturalmente, el pecado que mancha a un individuo tiene un impacto en todas las personas con las que se relaciona. Por supuesto, esto incluye a la familia.

El quebrantamiento en las familias llega de muchas maneras, incluyendo la negligencia y los abusos (físicos, sexuales y emocionales). Pero el quebrantamiento familiar puede también manifestarse de manera disfrazada, como en el egoísmo, las críticas, la actitud pasiva-agresiva, la indiferencia, el resentimiento, la falta de disciplina o expectativas, y la falta de fe. Mientras que cualquiera de nosotros puede ser herido por nuestros padres, hermanos, esposo o esposa, e hijos, debemos tener en mente que cada uno de nosotros también podemos herir a los demás. Es por razones obvias que se dice que la Madre Teresa de Calcuta nos ha instado a que, si quieres cambiar al mundo, ve a casa y ama a tu familia. 

Navegar el estrés y las dificultades de la vida diaria puede, ciertamente, agravar el quebrantamiento en nuestras familias y en nosotros mismos. Por lo tanto, para vivir un matrimonio sacramental y nutrir la cultura Cristo céntrica de la familia, debemos reconocer con honestidad que la vida familiar resiliente y fiel es una constante obra en construcción — una realidad de “ya, pero todavía no”— que depende de un frágil compromiso humano, acompañado de la ilimitada gracia de Dios.  

15. ¿Cómo podemos entonces tener esperanza y consuelo a pesar de los pecados que cada uno trae a la familia y el dolor que acarreamos por los pecados de los demás? Podemos tener esperanza al reconocer que nuestro Dios es un Dios amoroso y misericordioso que desea el bienestar para sus hijos. Y podemos encontrar consuelo permaneciendo a los pies de la Cruz con María. Nuestro primer recurso es ser consolados por María, la Inmaculada, porque ella también, en su completa y vulnerable humanidad, sufrió el dolor de un corazón atravesado por el sufrimiento en su propia familia. Su fe en medio del sufrimiento nos da la esperanza de que nosotros también podemos encontrar la fe. María está siempre ahí como nuestra Madre compartiendo nuestras vivencias.

16. Con María como su modelo, la Iglesia también sufre por las familias y con las familias. La Iglesia permanece firme en la verdad de Jesucristo ante los asaltos y arremetidas de estos tiempos, y defendiendo de los ataques a la dignidad de cada individuo y la santidad de la familia. Ella acompaña a las familias desde el momento de nuestro bautismo y hasta los sacramentos que recibimos al final de nuestras vidas. Celebra en tiempos de alegría, enseña en tiempos de incertidumbre y nos consuela en tiempos de pérdidas. La Iglesia es nuestra casa y está siempre cerca de sus hijos, siguiendo el ejemplo de Cristo, que dijo, “Dejen que los niños vengan a mí” (Mar 10, 14).

Y así llegamos a la Iglesia. Familias se preparan para asistir a la Misa e ir a la confesión, para celebrar un bautismo o estar de luto en un funeral, para honrar a un joven que se confirma o presenciar una ordenación sacerdotal. Sin embargo, no solamente nos nutrimos con los sacramentos de Cristo, sino también de la comunidad profunda y permanente de creyentes que forman el Cuerpo de Cristo. La parroquia puede ser verdaderamente nuestro segundo hogar. Nuestros hermanos y hermanas en la parroquia nos acompañan en el camino espiritual a través de los lozanos valles de esperanza y alegría, como así también en los desiertos secos de incertidumbre y aflicción. Esta hermandad nos anima desde los días de nuestra juventud hasta los días de nuestra ancianidad. De igual manera, las comunidades parroquiales se pueden transformar en hermandades guiadas por el Espíritu que dan vida a las diócesis y arquidiócesis.  

Además, los muchos apostolados e instituciones católicas que encontramos en nuestra arquidiócesis reúnen a personas con intereses comunes en la caridad y la defensa de derechos, el trabajo misionero y la evangelización. De esta manera, los innumerables hilos del tejido católico se entrelazan aún más profundamente en la amplia sociedad.

En el camino de nuestras vidas, nuestras familias nunca están solas. La Iglesia Católica está con nosotros en cada paso del camino. 

Sección V

“¡Familia, se lo que eres!”

17. El novelista católico francés Léon Bloy una vez se lamentó, “La única tristeza verdadera, el único verdadero fracaso y la única tragedia grande en la vida es no llegar a ser un santo”.29 Cuando le preguntaron al Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino, sobre como una persona se hace un santo, simplemente respondió con una sola palabra: “Velle”, que en latín significa, “deséalo”.

Mientras formamos nuestra voluntad, debemos recordar que no somos nada menos que hijos e hijas de Dios. El Padre amoroso que desea que seamos santos quiere absolutamente lo mejor para ustedes en sus matrimonios, la crianza de sus hijos y su vida familiar. De hecho, Él nos ha dado una dignidad inherente de un valor infinito. El papa Benedicto XVI solía enfatizar que “el hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado”.30 Es dentro de nuestras familias donde, con más frecuencia, nuestros corazones pueden ser ensanchados. 

18. En Familiaris Consortio, el papa san Juan Pablo II exclamó, “¡Familia, sé lo que eres!”31 Veinte años más tarde en la Vigilia de oración por las familias, el santo papa agregó: “Familia, cree en lo que eres; cree en tu vocación a ser signo luminoso del amor de Dios”.32 Si cada uno de nosotros somos un hijo de Dios dotado de su dignidad, y si nuestras familias son los santos bloques que construyen la civilización, entonces lo que somos es, sin duda, algo poderoso.

Para ser verdaderamente lo que somos, y para ser un luminoso signo del amor de Dios, estamos llamados a amar, servir y adorar. Debemos beber de la interminable fuente del amor de Dios para poder amar a los demás en nuestras actividades diarias con familiares y amigos, desconocidos y enemigos. En nuestro trabajo diario y en nuestra vocación, estamos llamados a servir con humildad y caridad. Y más importante aún, debemos amar al Señor nuestro Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda nuestra mente (Mat 22, 37), y alabarlo como lo merece.

19. En esta época de eficiencia y multifunción, de competencia y superioridad, nuestra cultura moderna es muy fácilmente tentada a hacer la obra del diablo. Muy a menudo divide y separa, distrayéndonos de lo que Cristo, cuando le enseñó a la preocupada Marta, llamó lo “unum necessarium” — la única cosa necesaria. El mismo Jesús es esa única cosa verdadera, y si es así, entonces Él debe tener la primacía en nuestras vidas y nunca quedar relegado a un segundo lugar. En la arquidiócesis, hemos trabajado para ayudar a las familias a recuperar el domingo — un día frecuentemente dominado por deportes, trabajo y otras actividades — como el verdadero Sabbat, día de alabanza y descanso. Deseamos que el domingo vuelva a ser un día centrado en Cristo, en el que compartimos con nuestra familia y con la “familia de familias” que es nuestra parroquia.

Un día intencionalmente dedicado a Dios y a nuestra familia seguramente nos transformará. Ciertamente facilitará una mayor intimidad con Dios. También nos acercará mucho más a nuestra familia. Nos recordará las promesas que muy frecuentemente olvidamos con nuestras ansiedades diarias: alegría para los afligidos, descanso para los agobiados, compañía para los aislados y salvación para quienes están perdidos. Si queremos encontrar felicidad, nunca debemos conformarnos con los pobres reemplazantes de ella que a menudo se encuentran en los tres primeros caminos de la Parábola del Sembrador, como la riqueza, la fama, el placer o el poder. En cambio, debemos ir a la fuente eterna de felicidad. Si queremos que los niños de nuestras familias y de nuestras parroquias crean, entonces debemos mostrarles cómo creemos nosotros mismos. Si queremos que vivan en la realidad, que sean personas de sustancia y profundidad, santas y puras, entonces debemos nosotros esforzarnos por serlo, con la gracia de Dios, todos y cada uno de los días.

Hay acciones concretas que podemos llevar a cabo para caminar en esta dirección. En su discurso ofrecido después del rezo del Ángelus en el domingo de la Sagrada Familia al final del Año del Jubileo, el papa León dijo que las familias deben proteger “los valores del Evangelio: la oración, la frecuencia a los sacramentos — especialmente la confesión y la comunión —, los afectos sanos, el diálogo sincero, la fidelidad, el realismo sencillo y hermoso de las palabras y los gestos buenos de cada día”.33 Ofreciendo unas palabras de ánimo, el papa resaltó que estas acciones convertirán a las familias “en luz de esperanza para los entornos en los que vivimos, escuela de amor e instrumento de salvación en las manos de Dios”.34 Esto, hermanas y hermanos, debe ser nuestro objetivo.  

20. Luis y Celia Martin con su familia demostraron que incluso un objetivo tan alto es alcanzable. Con todas las responsabilidades que conllevaba la crianza de sus hijas y el trabajo para proveer para ellas, las vidas de Luis y Celia, probablemente como la de ustedes, fueron vidas muy atareadas. Pero ellos se comprometieron a hacer tres cosas muy bien: amarse incondicionalmente el uno al otro y a sus hijas, enseñar a sus hijas sobre Dios y la vida de virtud, y adorar a Dios en la casa y en la parroquia.

La esperanza de ellos estaba en el Dios vivo, el Dios que es Él mismo una comunión de Amor como don. A lo largo de una vida de alegrías y tribulaciones, ellos y sus hijas se esforzaron por seguir el camino a la santidad. Aun siendo una familia ordinaria, vivieron vidas ejemplares de fe extraordinaria que son dignas de imitación. No nos debe sorprender que los santos Luis y Celia son los santos patronos del matrimonio, de los padres, de los viudos, de los que han perdido a sus hijos y de los que sufren enfermedades. Su santa hija “la pequeña flor”, es la santa patrona de los misioneros, de los floristas y los enfermos. Y todo se inició viviendo la fe en el hogar.

En un pequeño pueblo francés, en una simple casa rentada por una familia humilde, se formaron santos por medio de una familia viviendo su más alto llamado. ¡Esto es lo que Dios también quiere para tu familia! Él las está llamando, queridas familias, para que hagan lugar para Él en su hogar y para permitir que Él y su Iglesia les ayude a enseñar la Fe a sus hijos.

Ahora nos corresponde a nosotros trabajar para reconstruir una cultura de dignidad y santidad, de la vida familiar y parroquial. Juntos, ahora y por siempre.

Mientras tomamos los primeros pasos juntos en este camino, los invito a que oremos juntos la oración a la Sagrada Familia escrita por el papa Francisco:

Jesús, María y José
en ustedes contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a ustedes, confiados, nos dirigimos.

Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas iglesias domésticas.

Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.

Santa Familia de Nazaret,
haz tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José,
escuchen, atiendan nuestra súplica.

Amén.35

PREGUNTAS Y REFLEXIONES GUÍA PRÁCTICA PARA VIVIR LA FE EN FAMILIA

Sección VI

¿Cómo los apoya la comunidad católica en su vocación?

21. No hay otra entidad en este mundo que posea un entendimiento tan íntimo de las etapas de la vida y de sus alegrías y aflicciones como la Iglesia Católica. El autor del Eclesiastés escribe:

Hay bajo el sol un momento para todo,
y un tiempo para hacer cada cosa:
Tiempo para nacer, y tiempo para morir;
tiempo para plantar, y tiempo para arrancar lo plantado;
tiempo para matar y tiempo para curar;
tiempo para demoler y tiempo para edificar;
tiempo para llorar y tiempo para reír;
tiempo para gemir y tiempo para bailar;
tiempo para lanzar piedras y tiempo para recogerlas;
tiempo para los abrazos y tiempo para abstenerse de ellos;
tiempo para buscar y tiempo para perder;
tiempo para conservar y tiempo para tirar fuera;
tiempo para rasgar y tiempo para coser;
tiempo para callarse y tiempo para hablar;
tiempo para amar y tiempo para odiar;
tiempo para la guerra y tiempo para la paz (Ec 3, 1-8).

Desde la alegría por el nacimiento de un hijo y el regalo de la adopción a los desafíos de la crianza de los niños, desde el discernimiento de la verdad a la angustia de la falsedad, desde la búsqueda de la vocación hasta los límites de nuestras fuerzas, desde los placeres de la jubilación hasta las ansiedades de la moralidad, la Iglesia Católica sabe y nos habla con un mensaje claro para cada cambio que enfrentamos y para cada etapa y tiempos de nuestras vidas. 

22. Ninguna ideología humana ni dogma secular puede comprender completamente la naturaleza del hombre y de la mujer, ni tampoco pueden ofrecer las gracias sacramentales que sanan y dan vida, como lo hace la Iglesia Católica.

G.K. Chesterton de manera astuta observó,

No existe ningún otro caso de institución que haya estado pensando sobre el pensamiento durante más de dos mil años. Y esa experiencia abarca a casi todas las experiencias posibles; en especial en lo que a los errores se refiere. El resultado que se obtiene es un mapa en el que todo callejón sin salida y toda ruta equivocada están marcados con claridad; así como todos los caminos que se han demostrado inútiles ante la mejor de las evidencias: la evidencia de quienes ya los han recorrido…

Nueve de cada diez ideas que consideramos nuevas son viejos errores conocidos. Una de las obligaciones prioritarias de la Iglesia católica consiste en evitar que la gente caiga en estos viejos errores, que se repiten una y otra vez cuando las personas se abandonan a sí mismas.36

23. En la vida parroquial, pasamos por estos tiempos litúrgicos — tiempos de espera y anticipación, tiempos de duelo y sacrificio, y tiempos de gozo y celebración — junto a nuestras familias, nuestros amigos y vecinos en Cristo. Durante estos tiempos vemos los cambios en la Iglesia y también en nosotros mismos. Las vestimentas cambian. Los cantos cambian. Las lecturas cambian. Pero lo que permanece igual es la verdad de Cristo, su presencia viva en la Eucaristía, el poder de la oración y la vitalidad de los sacramentos.

De domingo a domingo, en cada Misa diaria, en cada sacramento, nos centramos en Cristo, la “sola cosa necesaria”. Sosegamos nuestras almas. Percibimos los movimientos y las suaves inspiraciones del Espíritu Santo. Nos deleitamos en el amor del Padre. Sentimos contrición, recibimos la absolución y nos encontramos renovados. La Iglesia distribuye las gracias que ningún humano o institución humana pueden ofrecer. Y estas gracias nos cambian. Pero ese cambio no siempre es fácil.

En su clásico estilo franco, pero honesto, la sureña escritora católica Flannery O’Connor afirma: “De lo que la gente no se da cuenta, es cuánto cuesta la religión. Piensan que la fe es una gran manta eléctrica, cuando por supuesto es la cruz”. Mas adelante explica que “toda naturaleza humana resiste vigorosamente la gracia, porque la gracia nos cambia y el cambio es doloroso”.37 Es la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia lo que nos da estabilidad con sus ritmos ordenados por Dios y las gracias sancionadas por Cristo. Cuando nos sentimos orgullosos y necesitamos más humildad, cuando estamos preocupados y necesitamos consuelo, cuando estamos perdidos y necesitamos dirección, y cuando estamos felices y necesitamos compañía, la Iglesia Católica está ahí.

24. La Iglesia Católica considera a la formación de las almas como uno de sus más altos llamados. En un mundo tentado por las ideologías y el relativismo, hay un gran riesgo de que la conciencia de la persona quede sin formación en la verdad de Cristo, o que se deforme con el bombardeo sin respuesta de las populares (o seductivas) falsedades reinantes. En la homilía popularmente conocida como la Dictadura del relativismo, predicada por el cardenal Joseph Ratzinger en la víspera del conclave de 2005, que lo elegiría papa, el futuro pontífice advirtió sobre los peligros de una mentalidad abierta sin raíces firmes, que sucumbe ante las falsedades que están de moda mientras que falla en discernir la Verdad de Dios:

¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!… La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4, 14).

A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos.

Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el hombre verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es «adulta» una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad.38

25. La Iglesia Católica quiere que seamos amigos de Cristo. Pero antes de que podamos ser amigos debemos saber quién es Él, que ha hecho por nosotros, y cómo nos podemos fortalecer por sus gracias y vivir de acuerdo con su ejemplo.

Sin embargo, en este mundo moderno no es tan fácil. El papa Benedicto XVI una vez observó: “Nosotros, simplemente, ya no logramos escuchar a Dios; son demasiadas las frecuencias diversas que ocupan nuestros oídos”.39 Mas allá de nuestra participación en la Misa y en los sacramentos, ¿cómo se supone que nuestras familias puedan escuchar a Dios y conozcan a Dios en medio de la cacofonía de cosmovisiones e ideologías contrapuestas?

La respuesta es: a través de una formación católica intencional.

26. La formación católica es mucho más que presentar hechos e información. La formación católica forma los ojos con los que miramos al mundo. Cultiva una sensibilidad católica mediante el uso de herramientas bien desarrolladas que ayudan a la buena formación del intelecto, como la intuición, el sentido común y el juicio. Aún más, la formación católica moldea el carácter que aspira a una vida virtuosa y se aleja de los vicios.

Los miedos y fascinaciones actuales, que están asociados con la tecnología y con todos los productos que dependen cada vez más de la inteligencia artificial, apelan a las familias católicas a procurar que sus hijos se beneficien de una formación integral, que da como resultado una inteligencia real, que ofrece al niño un enfoque de que el mundo puede usar la IA como una fuerza para el bien en el mundo. ¿Hubo alguna vez un tiempo en el que aprender a leer y razonar, especialmente con la mira puesta en discernir qué es la verdad, ha sido tan esencial teniendo en cuenta hacia donde nos dirigimos ahora?

Para recibir una formación católica apropiada, uno sería bendecido al crecer en una familia donde se habla de la fe, se reflexiona sobre la fe y se practica la fe, como así también participar en una comunidad parroquial llena de fe en la que se reciben los sacramentos y se celebra la hermandad.

La formación católica aumenta, y se enriquece, a través de los brazos educativos de la Iglesia Católica. En una ocasión T.S. Eliot lamentó:

¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?40

La formación católica educa para crecer en sabiduría. Desde la cuna y hasta la tumba, la Iglesia nos invita a cada uno a embarcarnos en la gran aventura de la formación. La educación temprana para niños, los programas de escuelas en casa, y las escuelas católicas primarias y secundarias, se esfuerzan por ofrecer a los estudiantes lo mejor en ciencias y matemáticas, literatura y educación física, pero están llamados a hacerlo desde el asombro y la alegría, el misterio y la intriga de un mundo ordenado y amado por Dios.  Demasiadas escuelas, que no son católicas, están restringidas (o se han restringido) de enseñar sobre la plenitud de la vida que se encuentra en Dios y en su creación. Por lo tanto, hay una comprensión limitada. Como observó G.K. Chesterton: “Quita lo sobrenatural, y lo que queda es lo antinatural”.41 Para los que no pueden beneficiarse de los dones de la educación católica, el ministerio juvenil católico y otras opciones de formación de fe, ofrecen una oportunidad para profundizar en la fe y prepararse para las alegrías y los desafíos de la vida como adulto.

27. Los adultos, que ya han pasado los años de educación católica, pueden continuar su formación a través de actividades y relaciones con otras personas dentro de la parroquia. Como dijo C.S. Lewis: “Normalmente los enamorados están frente a frente, absortos el uno en el otro; los amigos van el uno al lado del otro, absortos en algún interés común”.42 Ya sea ofreciendo la señal de la paz durante la Misa o compartiendo una taza de café en el salón de reuniones, las familias se reconocen entre sí, se saludan y aprenden más sobre sus antecedentes, niños, trabajo e intereses. Mientras más íntima se vuelve la relación de amistad, más comparten sobre sus vidas. Así descubren las esperanzas y sueños, las ansiedades y las fortalezas de cada uno. Estas relaciones ofrecen una oportunidad única de oración y consejo, camaradería y diversión, que se construye sobre una fundación común: la fundación de la fe.

Unirse a un grupo pequeño de la parroquia, es un primer paso simple y significativo para crear comunidad mientras crecemos en la fe. Con el paso del tiempo, esta participación en la parroquia puede resultar en amistades fuera de la parroquia a través de retiros, peregrinajes, campamentos familiares o invitaciones mutuas para cenar en la casa.

28. Muchas familias encuentran que la participación en las fraternidades y organizaciones de ayuda social católicas, a menudo con base en la parroquia, pueden ser edificantes. Esto puede promover la fe y favorecer la hermandad, fortalecer los matrimonios y forjar lazos entre padres e hijos.

Sección VII

¿Cómo pueden transmitir la Fe a sus hijos?

Entonces trajeron a Jesús algunos niños para que les impusiera las manos y rezara por ellos. Pero los discípulos los recibían muy mal. Jesús les dijo: “Dejen a esos niños y no les impidan que vengan a mí: el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos” (Mat 19, 13-14).

29. Llama la atención que Jesús — el Alpha y la Omega, el Autor de la vida y el Señor del universo — haya dado a los niños un valor tan supremo. A los niños en la antigua Palestina, los amaban profundamente, pero cuando se trataba de asuntos de adultos, quedaban relegados. Jesús fue contracultural en ese sentido. Jesús insistió que los niños deben ir a Él, ser amados por Él, formados por Él y salvados por Él.

Además, Jesús insistió en que los niños sirven como nuestros modelos de humildad — una humildad que abandona el orgullo y nos abre a la sabiduría infinita y a gracias maravillosas. Si Jesús ama a los niños y nosotros amamos a los niños, ¿no deberíamos hacer todo lo que está a nuestro alcance para llevar nuestros niños a Jesús?

¿Pero, cómo hacemos esto?

La respuesta, que muchos estamos buscando, es verdaderamente sencilla. 

Primero, como familia, podemos orar juntos. 

30. A veces la oración puede resultar difícil. El papa Francisco enseñó:

La enseñanza del Evangelio es clara: se debe rezar siempre, también cuando todo parece vano, cuando Dios parece sordo y mudo y nos parece que perdemos el tiempo. Incluso si el cielo se ofusca, el cristiano no deja de rezar. Su oración va a la par de la fe. Y la fe, en muchos días de nuestra vida, puede parecer una ilusión, un cansancio estéril. Hay momentos oscuros en nuestra vida y en esos momentos la fe parece una ilusión. Pero practicar la oración significa también aceptar este cansancio. “Padre, yo voy a rezar y no siento nada… me siento así, con el corazón seco, con el corazón árido”. Pero tenemos que ir adelante con este cansancio de los momentos malos, de los momentos que no sentimos nada. Muchos santos y santas han experimentado la noche de la fe y el silencio de Dios — cuando nosotros llamamos y Dios no responde — y estos santos han sido perseverantes.43

Nuestro Dios está al otro lado de cada una de nuestras oraciones — un Dios que ama eternamente, que guía paternalmente y que da sin medidas. Pero debemos estar conectados con Dios para poder escuchar su voz. Nuestras almas deben estar nutridas por la Eucaristía. Nuestras faltas deben lavarse en la confesión. Y nuestras vidas se deben edificar con la adoración y el trabajo, la alabanza y la hermandad. Para amar a Dios debemos conocer a Dios. Para conocer a Dios debemos hablar con Él. ¿Y con quién más podemos hacer esto mejor que con nuestra familia?

Los padres son la roca fundamental del mundo de sus hijos, les sirven como cuidadores y maestros, protectores y proveedores, defensores y aliados. Desde el momento del nacimiento hasta el tiempo en que ellos mismos se vuelven padres, los hijos buscan en sus padres amor y apoyo, orientación y consejos. ¡Imaginen lo poderoso que es cuando los hijos ven a sus padres y familiares rezando, cuando los escuchan rezando, cuando aprenden de ellos a orar y nos acompañan a nosotros en la oración! Ya sea que oremos antes de las comidas o al ir a dormir, en el auto o antes de un examen importante, la oración enseña a los niños como hablar con Dios acerca de todas las cosas — nuestras esperanzas y aspiraciones, nuestros miedos y ansiedades, hablarle sobre nuestros sentimientos o descansar con Él en un silencio contemplativo. La oración es el alimento vital para la fe y para la familia. Hay una buena razón por la que el dicho del santo (Padre) Pio, “ora, espera y no te preocupes” comienza con “ora”.

Segundo, como familia, podemos celebrar juntos la vida litúrgica y sacramental.

31. El monje trapense Tomás Merton hizo esta observación, “La felicidad no es una cuestión de intensidad sino de equilibrio, orden, ritmo y armonía”.44

Como se mencionó antes, nuestras vidas están reguladas por las estaciones. Dicho esto, el calendario que más armoniza con los tiempos celestiales es el calendario litúrgico — desde el tiempo de encender las velas de la corona de Adviento, al tiempo de cantar villancicos navideños, pasando por el tiempo de oración y ayuno durante la Cuaresma, y hasta el tiempo de oración y celebración en Pascua. En los tiempos de espera y de venida, de reflexión y acción, de festines y ayunos, de gozo y pérdida, nos unimos en oración a la nube de los testigos en el ritmo de la Iglesia — las brillantes vicisitudes del drama divino. Este ritmo ordenado por Dios nos llama a salir de la ansiedad y el agotamiento del mundo para entrar en la gloria ennoblecedora y la paz del amor de Cristo.

Tercero, como familia, podemos compartir juntos una vida de devoción.

32. Una familia con una vida de devoción, se acerca a Dios y a los demás. Una devoción familiar por el rezo del Rosario, por ejemplo, es poderosa. El difunto sacerdote anglicano Robert Llewelyn, quien se volvió un fiel promotor del rezo del Rosario, ha dicho que:

Las palabras del Rosario son como las orillas de un río y la oración es el río mismo. Las orillas son necesarias para dar dirección y mantener la corriente del río. Pero es el río mismo lo que más nos importa. Entonces en la oración lo único que importa es la orientación del corazón hacia Dios… Cuando el río entra al mar, las orillas desaparecen. Así también, cuando nosotros entramos en el profundo sentido de la presencia de Dios, las palabras desaparecen y … nos quedamos en silencio en el océano del amor de Dios.45

Rezar el Rosario permite a la familia reflexionar sobre los misterios del Señor y de nuestra Señora, ofrecer las oraciones más importantes de nuestra fe católica, y participar juntos de una comunión poderosa, y a la vez meditativa, con el Señor.

La familia también puede ofrecer el rezo de las novenas, una tradición de orar por nueve días pidiendo una gracia específica para una necesidad específica. Las novenas pueden ser al Sagrado Corazón de Jesús, a la Sagrada Familia, o a varios santos. Las novenas también pueden ofrecerse por la Divina Misericordia, la entrega total y el perdón. Cuando se rezan las novenas en familia, existe el poder de “dos o tres reunidos en mi nombre” (Mat 18, 20), hay un sentido de oración ferviente por una necesidad específica, y hay una cálida relación que se desarrolla entre la familia y el santo intercesor.

Las Estaciones de la Cruz (el Vía Crucis) son también otra oportunidad de devoción familiar. San Maximiliano Kolbe, que fue martirizado en Auschwitz cuando voluntariamente tomó el lugar de un prisionero condenado a muerte, nos recuerda que “la cruz es la escuela del amor”.

Si bien el Vía Crucis se reza en las parroquias durante la Cuaresma, también puede ser una muy buena devoción para rezar durante todo el año. ¿Qué mejor oportunidad existe para profundizar nuestro amor y crecer en nuestra devoción que pasar tiempo juntos rezando el Vía Crucis, mientras en cada estación oramos, meditamos y recordamos la brutalidad de la Pasión que Cristo sufrió por nuestra salvación?

Sección VIII

¿Qué sigue para nuestras familias católicas en la arquidiócesis?

Recordemos que la familia es “la iglesia doméstica”. Repetimos lo que el papa san Juan Pablo II insistió sobre la familia: “La familia es la ‘primera célula vital de la sociedad.’ En su manera propia, es una imagen viva y una representación histórica del misterio de la Iglesia. El futuro del mundo y de la Iglesia, por lo tanto, pasa por la familia”.46 El papa concluyó: “Como va la familia, así va la nación y así va el mundo entero en el que vivimos”.47 Por lo tanto, la Iglesia da una prioridad suprema al apoyo y formación de una familia sana, feliz y llena de fe.

Además de lo que se ha sugerido en esta carta, ¿hay otras maneras para fortalecer a la familia católica y profundizar su fe?

Hay innumerables maneras más.

En un mundo cargado de ansiedades y distracciones, el ensimismamiento y la incertidumbre, ¿hay esperanza para la familia de fe?

Absolutamente.

En su poema El pórtico del misterio de la segunda virtud, el poeta católico francés Charles Péguy reflexionó sobre como Dios ama la fe y la caridad, pero se maravilla con la esperanza.

La fe que amo más, dice Dios, es la esperanza.

La fe no me sorprende.
No me resulta sorprendente.
Resplandezco tanto en mi creación.
En el sol y en la luna y en las estrellas…

La caridad, dice Dios, no me sorprende.
No me resulta sorprendente.
Esas pobres criaturas son tan desdichadas que a menos de tener un corazón de piedra, cómo no iban a tener caridad unas con otras.
Cómo no iban a tener caridad con sus hermanos…

Lo que me admira, dice Dios, es la esperanza.
Y no me retracto.
Esta pequeña esperanza que parece de nada

Esa niñita esperanza.
Inmortal.48

Mis hermanos y hermanas, nuestras familias católicas son la célula vital, la fundación, el inicio y el fin de la civilización católica. Ayudémonos unos a otros para que nuestras familias florezcan. Oremos, participemos de los sacramentos, hagamos las obras de misericordia corporales y espirituales, estudiemos, busquemos la hermandad en nuestras parroquias, y amemos a nuestro esposo o esposa y a nuestras familias con el amor sobrenatural, como el de Cristo. Haciendo esto, cambiaremos al mundo, un alma, una familia a la vez.

Footnotes

[1] Papa León XIV, “Mensaje del Santo Padre con motivo del décimo aniversario de la canonización de los padres de Santa Teresa del Niño de Jesús” (1 de octubre de 2025). (Se publicó en inglés en el Boletín Diario de la Santa Sede el 18 de octubre de 2025.) El papa Francisco habló sobre “los santos de la puerta de al lado” en su Exhortación apostólica Gaudete et exsultate (19 de marzo de 2018), §§6-9.

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] Ibid.

[5] La idea de padres como “primeros” educadores se menciona en el Catecismo de la Iglesia Católica, Segunda Edición (Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 1997), §2223, 2226. El párrafo 2223 dice, “Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos” y el párrafo 2226 dice “La catequesis familiar precede, acompaña y enriquece las otras formas de enseñanza de la fe”.

[6] San John Henry Newman, “Guíame, luz amable, entre tanta tiniebla espesa”, 1833.

[7] Papa Francisco, Bula de Convocación del Jubileo Ordinario del año 2025, Spes non confundit (9 de mayo de 2024), §9.

[8] Oficina del Cirujano General de los Estados Unidos, “Our Epidemic of Loneliness and Isolation [Nuestra epidemia de soledad y aislamiento]”, Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, publicado en inglés en 2023. https://www.hhs.gov/sites/default/files/surgeon-general-social-connection-advisory.pdf

[9] Papa Juan Pablo II, Exhortación apostólica Familiaris consortio [Sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual] (22 de noviembre de 1981), §86. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio.html

[10] León XIV, Audiencia general, 21 de mayo de 2025. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2025/documents/20250521-udienza-generale.html

[11] Francisco, Ángelus, 12 de julio de 2020.

https://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2020/documents/papa-francesco_angelus_20200712.html

[12] Juan Pablo II, Homilía, 30 de noviembre de 1986, Perth, Australia, §4. Publicada en inglés. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/en/homilies/1986/documents/hf_jp-ii_hom_19861130_perth-australia.html

[13] León XIV, Audiencia general, 21 de mayo de 2025. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2025/documents/20250521-udienza-generale.html

[14] Ibid.

[15] Ibid.

[16] León XIV, “Mensaje del Santo Padre con motivo del décimo aniversario de la canonización de los padres de Santa Teresa del Niño de Jesús” (1 de octubre de 2025). (Se publicó en inglés en el Boletín Diario de la Santa Sede el 18 de octubre de 2025.)

[17] León XIV, Audiencia al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 16 de mayo de 2025.

https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2025/05/16/160525a.html

[18] Ibid.

[19] Primera Regla de los frailes menores (1221), Capítulo XVII.

[20] Col 1, 22.

[21] León XIV, Audiencia general, 21 de mayo de 2025. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2025/documents/20250521-udienza-generale.html

[22] León XIV, Audiencia al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 16 de mayo de 2025.

https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2025/05/16/160525a.html

[23] Ver el Catecismo de la Iglesia Católica, §§1601-1658. Ver también papa Francisco, Exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia (19 de marzo de 2016), y United States Conference of Catholic Bishops, Por tu matrimonio, https://www.portumatrimonio.org/

[24] León XIV, Audiencia al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 16 de mayo de 2025.

https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2025/05/16/160525a.html

[25] Cardenal José Ratzinger, Conferencia durante el jubileo de los catequistas y profesores de religión, 10 de diciembre de 2000. https://www.parroquiamairenadelalcor.org/documentos_varios/cardenal-ratzinger-a-catequistas.pdf

[26] Catecismo de la Iglesia Católica, §1601.

[27] G.K. Chesterton, Criticisms and Appreciations of the Works of Charles Dickens (New York: E.P. Dutton & Co., 1911), 136.

[28] León Tolstói, Ana Karenina, https://es.wikisource.org/wiki/Ana_Karenina

[29] Léon Bloy, La Femme Pauvre, 1897.

[30] Papa Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi [Sobre la Esperanza Cristiana] (30 de noviembre de 2007), §33. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20071130_spe-salvi.html

[31] Juan Pablo II, Familiaris consortio, §17.

[32] Juan Pablo II, Discurso durante el encuentro nacional con las familias de Italia (20 de octubre de 2001), §3.  https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/2001/october/documents/hf_jp-ii_spe_20011020_family.html

[33] León XIV, Ángelus 28 de diciembre de 2025. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/angelus/2025/documents/20251228-angelus.html

[34] Ibid.

[35] Francisco, Amoris laetitia, §325. https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20160319_amoris-laetitia.html

[36] G.K. Chesterton, Por qué soy católico, trad. por Ana Nuño y Mariano Vázquez Alonso (Madrid: El buey mudo, 2009), 96-97.

[37] Flannery O’Connor, The Habit of Being: Letters of Flannery O’Connor [El hábito de ser: cartas de Flannery O’Connor], 1979.

[38] Cardenal Joseph Ratzinger, Homilía, 18 de abril de 2005. https://www.vatican.va/gpII/documents/homily-pro-eligendo-pontifice_20050418_sp.html

[39] Benedicto XVI, Homilía, 10 de septiembre de 2006. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2006/documents/hf_ben-xvi_hom_20060910_neue-messe-munich.html

[40] T.S. Eliot, El primer coro de la roca, 1934, trad. por Jorge Luis Borges. https://trianarts.com/t-s-eliot-el-primer-coro-de-la-roca/#sthash.4PBdQ3vg.dpbs

[41] G.K. Chesterton, Heretics [Herejes], 1905.

[42] C.S. Lewis, Los cuatro amores, trad. por Pedro Antonio Urbina (New York: Rayo, 2006), 73.

[43] Francisco, Audiencia general, 11 de noviembre de 2020. https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2020/documents/papa-francesco_20201111_udienza-generale.html

[44] Tomás Merton, No Man is an Island [Los hombres no son islas], 1955.

[45] Robert Llewelyn, A Doorway to Silence: Contemplative Use of the Rosary [Una puerta al silencio: uso contemplativo del Rosario], 1986.

[46] Juan Pablo II Homilía, 30 de noviembre de 1986, Perth, Australia, §§3-4. Publicada en inglés. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/en/homilies/1986/documents/hf_jp-ii_hom_19861130_perth-australia.html

[47] Ibid.

[48] Charles Péguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud, trad. por José Luis Rouillon Arróspide (Madrid: Ediciones Encuentro, 1991), 13-18.

Search Our Site