Palabra semanal del arzobispo: Cristo, nuestro Esposo, y la vocación del matrimonio

Juntos en el camino: Palabras semanales del Arzobispo Hebda

 

El fin de semana pasado tuve la suerte de asistir a la profesión perpetua de la hermana Teresa Rose, una Sierva del Corazón de Jesús, en New Ulm. Muchos de los asistentes compartieron lo conmovidos que se sintieron por la ceremonia en sí, por la alegría de la hermana, por el vínculo que une a las hermanas de su comunidad, presentes en gran número esa mañana, y por la bondad de Dios al llamarnos a cada uno de nosotros a construir su Iglesia según nuestra propia vocación.

Aquella mañana, la complementariedad de nuestras vocaciones era palpable. La Catedral de la Santísima Trinidad estaba llena de un número sorprendente de familias jóvenes, con una presencia de bebés y niños pequeños superior a la habitual. Me alegró ver también a un buen número de sacerdotes jóvenes, así como a algunos de los misioneros laicos que prestan servicio en la pastoral universitaria de la Universidad de Minnesota. Estoy convencido de que, cuando somos testigos de una vocación bien vivida, nos sentimos inspirados a dar también lo mejor de nosotros mismos al Señor.

Mientras yo estaba en New Ulm, el obispo Izen se encontraba en nuestra catedral celebrando la misa anual del Día del Matrimonio, a la que asistieron unas 215 parejas que se reunieron para renovar sus votos. Se rindió un homenaje especial a quienes celebraban sus bodas de plata y de oro, y parejas de todas las edades —junto con sus familias— dieron testimonio de la belleza del sacramento del Santo Matrimonio.

Toda la Iglesia se une a estas parejas en esta celebración para afirmar que el matrimonio es mucho más que un simple contrato o una relación legal. Desde nuestra perspectiva católica, es uno de los siete sacramentos, los signos externos instituidos por Cristo para impartir la gracia. Sin embargo, es único en nuestra tradición, ya que el sacramento no es “celebrado” por un ministro ordenado de la Iglesia (obispo, sacerdote o diácono), sino por los propios novios, normalmente en presencia de un ministro de la Iglesia. Es su acto de entregarse el uno al otro lo que transmite la gracia del sacramento, gracia que los llevará a una relación más profunda con Cristo y su Iglesia, fortaleciéndolos para formar la familia que Dios tiene prevista para ellos.

Aunque podamos considerar la ceremonia nupcial como el momento en que se celebra el sacramento, el compromiso matrimonial de amor abnegado es, en realidad, algo que se extiende a lo largo de toda una vida. Mis hermanos y yo siempre damos gracias a Dios por el ejemplo que nos dio el amor duradero que nuestros padres se tenían el uno al otro. Fue en su amor mutuo, “en la salud y en la enfermedad, en los buenos y en los malos momentos”, donde nuestros padres encontraron la fuerza para amar a Dios y al prójimo. Fue ese amor, además, el que nos permitió vislumbrar cuán profundamente Cristo, el Esposo, ama a su Esposa, la Iglesia.

Independientemente de nuestras vocaciones individuales, a todos nos beneficia comprender la profundidad del amor de Cristo por su Iglesia. Es lo que nos da la confianza necesaria para decir “sí” a su llamada, sea cual sea.

En 2024, las bodas son un poco más comunes que las profesiones o las ordenaciones. De hecho, como cualquier pastor te dirá, estos próximos meses son la “temporada de bodas”. Si tienes la suerte de asistir a una boda este verano, te invito a reflexionar sobre la belleza de este sacramento. Reza no solo por aquellas parejas que se entregan mutuamente en el matrimonio, sino también por las parejas jóvenes que están discerniendo esa vocación. Por favor, únanse a mí también en la oración por aquellos que ya han comenzado su vida matrimonial, para que sean bendecidos con la gracia y la fuerza para vivir sus votos de una manera que sea vivificante para ellos, para sus familias y para la Iglesia.

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