Juntos en el camino: Palabras semanales del Arzobispo Hebda
Estoy agradecido de que hayamos sentido la presencia maternal de María, Madre de la Iglesia, al reunirnos para nuestra Asamblea sinodal este fin de semana pasado. Su imagen, una copia del mosaico de la Plaza de San Pedro, colgaba en un lugar destacado en el pabellón deportivo de Cretin-Derham Hall como un maravilloso recordatorio para los 450 miembros del Sínodo —clérigos, mujeres y hombres consagrados y fieles laicos de las parroquias de toda la arquidiócesis— de lo que puede suceder cuando seguimos a María en vivir según la palabra de Dios. Bajo el manto protector de María, rezamos juntos por una nueva efusión del Espíritu Santo y compartimos nuestras experiencias y esperanzas con respecto a esta iglesia local.
María seguramente sabía que el Espíritu Santo era una fuente de sorpresas. Su vida dio un vuelco cuando fue cubierta por la sombra del Espíritu Santo. Con eso en mente, esperaba ver qué sorpresas revelaría el Espíritu Santo para mí y para esta iglesia local en el Sínodo. Salí muy conmovido por la forma en que el Espíritu Santo guió suavemente a la Asamblea en su consideración de las ocho propuestas que se estaban debatiendo, permitiéndoles ponerse de acuerdo sobre la importancia de apoyar el discipulado en la vida cotidiana, promover la acogida y la hospitalidad en nuestras parroquias y proporcionar una formación integral en la fe, todo ello con una atención real a las necesidades particulares de los jóvenes y los adultos jóvenes. La paz que caracterizó los debates solo podía atribuirse al Espíritu Santo y a la intercesión de María.
A lo largo de la Asamblea Sinodal, no pude evitar sentir cierta cercanía con los apóstoles, que se habían reunido en el Cenáculo con María y en su momento necesitaron orar y discernir cómo podía avanzar la joven Iglesia después de recibir la Gran Comisión de Jesús de ’ir y hacer discípulos a todas las naciones“. Estoy muy agradecido por la nueva efusión del Espíritu Santo que ha sido concedida a esta arquidiócesis en este, nuestro tiempo, y estoy seguro de que el Espíritu seguirá revelándonos los muchos frutos de nuestro Sínodo local en los próximos meses y años.
Gracias a todos los que asistieron como miembros del Sínodo, planearon el evento, colaboraron como voluntarios en alguna tarea o rezaron por el éxito del Sínodo. Para mí está claro que el Espíritu Santo los llamó a cada uno de ustedes a formar parte de este momento tan importante para nuestra arquidiócesis y los bendijo con carismas únicos —dones otorgados por Dios— para la edificación de la Iglesia.
Al concluir el tiempo de Pascua, les animo a que descansen un poco más en esta experiencia de Pentecostés y escuchen cómo el Señor les pide que utilicen sus carismas únicos, tanto en su vida familiar como en su trabajo y en su parroquia. San Pablo nos recuerda que, a través del Espíritu Santo, somos un solo cuerpo con muchas partes, cada una de las cuales tiene una función insustituible.
Descubrir nuestros dones, nuestros carismas, es un viaje que vale la pena. Debemos recordar que el Espíritu Santo nos ha llamado a todos a utilizar nuestros carismas para proclamar la Buena Nueva en este tiempo y lugar. Espero que estén atentos a las oportunidades que se presenten en las próximas semanas y meses para participar en un seminario de Vida en el Espíritu o en la Escuela de Descubrimiento de Carismas, tal y como ha planeado mi vicario para los carismas, el padre Michael Becker. O tal vez podrían considerar la posibilidad de asistir a un taller de Called and Gifted™ como un paso más en su viaje de crecimiento espiritual y servicio a lo largo de la vida. Que el Espíritu Santo los guíe con amor a ustedes y a nuestra iglesia local.
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