Del Arzobispo Bernard A. Hebda
Como obispo de Minnesota, he leído con tristeza el informe de la Iniciativa Federal sobre los Internados Indígenas publicado hoy por el Departamento del Interior de los Estados Unidos. Es un primer paso importante en lo que preveo será un camino doloroso pero necesario para nuestro país y para nuestra Iglesia. Si bien el informe merece un análisis más detallado junto con otros líderes de nuestro estado, permítanme hacer algunos comentarios preliminares, incluyendo información sobre los esfuerzos de construcción de relaciones y revisión de registros que ya están en marcha en la Arquidiócesis de Saint Paul y Minneapolis.
Cuando el Papa Francisco se reunió el mes pasado con líderes indígenas de Canadá para hablar sobre su propia experiencia en los internados, expresó: “Siento vergüenza —tristeza y vergüenza— por el papel que han desempeñado algunos católicos, en particular aquellos con responsabilidades educativas, en todas estas cosas que los han herido, en los abusos que sufrieron y en la falta de respeto mostrada hacia su identidad, su cultura e incluso sus valores espirituales. Todas estas cosas son contrarias al Evangelio de Jesucristo”. Me hago eco de esas palabras, especialmente como pastor de una Arquidiócesis que administró la escuela industrial de Clontarf, en colaboración con el programa federal, durante ocho años.
Resulta especialmente preocupante que el informe de hoy revele que el gobierno optó por contratar a entidades cristianas para gestionar algunas de las escuelas, con la esperanza de que la formación cristiana despojara de su identidad indígena a los niños que asistían a ellas. Además, el informe menciona con tristeza la participación de organizaciones católicas en ese proceso. Cualquier instrumentalización de la fe o falta de respeto hacia la cultura de este tipo es abominable. La enseñanza clara de la Iglesia católica hoy en día es que los pueblos y las culturas indígenas deben ser respetados, y nunca dañados o sacrificados en nombre de la evangelización.
Permítanme sumarme con todo mi corazón a las disculpas del papa Francisco. Lo siento. Lamento el papel que desempeñó nuestra Iglesia en el proceso de separación sistemática de familias llevado a cabo por el gobierno de los Estados Unidos, lo que a menudo provocó el trauma intergeneracional que han sufrido tantos de nuestros hermanos y hermanas. Hay mujeres y hombres en nuestra Arquidiócesis y en todo nuestro estado que vivieron personalmente el sistema de internados. Están con nosotros ahora. Sus historias deben ser contadas y debemos escucharlas. También debemos escuchar las voces de los hijos y nietos cuyos antepasados soportaron tanto dolor y muerte.
Incluso antes de tener el honor de reunirme con los líderes tribales de todo el estado de Minnesota en Onamia el pasado 9 de diciembre para escuchar sus historias y reflexiones, los miembros del personal de la Arquidiócesis ya habían comenzado a recopilar y revisar todo el material de la Arquidiócesis relacionado con los internados indígenas. Estos esfuerzos iniciales parecieron ser bien recibidos por los líderes tribales, a quienes se les aseguró que se descubriría la verdad sobre lo ocurrido y, lo que es más importante, que se daría a conocer. Este trabajo continúa hoy y estoy agradecido a los profesionales experimentados que lo llevan a cabo. Pueden escuchar a nuestra directora del Programa de Archivos, Allison Spies, hablar sobre el trabajo de su equipo en este entrevista de radio o podcast en el programa semanal de la Arquidiócesis, «Practicing Catholic».
Ya, con la orientación de las naciones indígenas americanas de Minnesota y bajo el liderazgo de la Conferencia Católica de Minnesota y los obispos católicos de Minnesota, hemos establecido un proceso y un portal para compartir con las tribus los registros que hemos descubierto. La decisión de si estos registros se pondrán a disposición del público en general, y de qué manera, se tomará en colaboración con las tribus.
Como Arquidiócesis, seguiremos acompañando a nuestras hermanas y hermanos indígenas en el análisis de las implicaciones del informe de hoy y de cualquier otra información que se publique en el futuro. Me comprometo hoy a que el personal de la Arquidiócesis continúe revisando nuestros registros y los testimonios de las comunidades indígenas americanas para descubrir la verdad, sin importar cuán dolorosa o complicada pueda ser. Mientras tanto, pido las oraciones de los sacerdotes y fieles de esta Arquidiócesis para que el Espíritu Santo ilumine un camino para todos nosotros al abordar esta dolorosa experiencia en nuestra comunidad como “todos hermanos y hermanas”, tal como nos lo recuerda el Papa Francisco.