Del Arzobispo Bernard A. Hebda
Es con gran gratitud que anuncio que la Arquidiócesis de Saint Paul y Minneapolis ha cumplido con el pago de los $3 millones de dólares que le quedaban por abonar en el marco del acuerdo de quiebra por $210 millones de dólares, acordado entre la Arquidiócesis y los sobrevivientes de abusos por parte del clero en septiembre de 2018.
Gracias a los fondos procedentes de donaciones testamentarias inesperadas, y siguiendo el consejo del Consejo Financiero Arquidiocesano y de la Junta Directiva (líderes laicos que me asesoran sobre el funcionamiento de la Arquidiócesis), la Arquidiócesis ha decidido acelerar su calendario de pagos, lo que pone de manifiesto nuestro sincero deseo de ayudar a los sobrevivientes lo antes posible, cumpliendo con nuestra obligación financiera antes de lo previsto.
Los $3 millones representan el saldo pendiente del pagaré por valor de $5 millones, en virtud del cual la Arquidiócesis se comprometió a aportar $1 millones al fideicomiso de los sobrevivientes de abusos cada año durante cinco años, además del pago previo de los ingresos procedentes de la liquidación de los activos de la Arquidiócesis.
Aunque este pago del pagaré culmina las obligaciones financieras derivadas del acuerdo de quiebra, tanto yo como el resto de los dirigentes de la Arquidiócesis seguimos comprometidos con una prevención enérgica de los abusos y con los programas de apoyo a las víctimas de los mismos. Los fondos procedentes de los legados mencionados anteriormente nos permitirán, además, aprovechar los avances ya logrados en la creación y el mantenimiento de entornos seguros y en la prevención de los abusos.
Pido perdón y expreso mi más profundo pesar a quienes sufrieron abusos por parte del clero y otras personas de la Iglesia, así como a sus familias y a toda la comunidad de fe, que se ha visto tan profundamente afectada. Los valientes sobrevivientes y sus seres queridos siguen compartiendo generosamente conmigo no solo sus profundas heridas, sino también sus esperanzas de un mañana mejor y más seguro. Estoy muy agradecido por la oportunidad de escuchar sus historias, celebrando con ellos aquellos momentos en los que el Señor ha ayudado a traer verdadera sanación a esas heridas. Prometo que, bajo mi cuidado, esta Iglesia local siempre recordará a quienes han sido dañados, y se esforzará por honrar su frecuente petición de que trabajemos juntos para asegurarnos de que lo que les sucedió a ellos nunca le suceda a otra persona.