Del Arzobispo Bernard A. Hebda
En estos últimos días de Adviento, recordamos el amor asombroso que impulsó a Dios Hijo a encarnarse en un ser humano. Aunque el Niño Jesús encontró una acogida, un amor y un apoyo excepcionales en María y José, no podemos negar que nació en un momento y en un lugar que personificaban el caos de la vida humana. En el transcurso de su ministerio público, Jesús estuvo rodeado más a menudo no por santos, sino por aquellos que luchaban contra el pecado, por aquellos que no siempre respondían al plan de Dios para sus vidas. Jesús vino a su mundo y los amó... de hecho, nos amó a todos.
La declaración de hoy del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (DDF) sobre el tema de las bendiciones encaja perfectamente en esa realidad del Adviento. La declaración, aprobada por el papa Francisco, nos recuerda que todos somos amados por Dios, que todos necesitamos su misericordia y que nos beneficiaríamos de su bendición al esforzarnos por vivir más plenamente su llamada. Aborda la situación particular de las parejas que viven juntas fuera del vínculo matrimonial reconocido por la Iglesia, ya sean heterosexuales u homosexuales, y que acuden a la Iglesia para pedir una bendición, incluso cuando su estado de vida les impide participar en los sacramentos. En particular, la Declaración de hoy indica que un ministro ordenado puede impartir en privado bendiciones informales y no litúrgicas a estas personas en estas situaciones.
En Declaración emitida hoy por el DDF tenía por objeto matizar la doctrina de la Iglesia sobre las bendiciones sin modificar en modo alguno la doctrina perenne de la Iglesia sobre el matrimonio o la moralidad sexual. Las bendiciones no implican que la Iglesia valide oficialmente la situación de la pareja. Además, se debe hacer un esfuerzo especial para garantizar que dichas bendiciones no se confundan con el sacramento del matrimonio. No obstante, se espera que estas bendiciones puedan ayudar a quienes las solicitan a “abrir sus vidas a Dios, pedirle su ayuda para vivir mejor e invocar al Espíritu Santo para que los valores del Evangelio se vivan con mayor fidelidad”.”
Mientras nos preparamos para celebrar la mayor bendición concedida a la humanidad —la venida de Jesucristo encarnado en Navidad—, sigamos orando unos por otros como hermanos y hermanas, sea cual sea nuestra situación en la vida, para que todos estemos cada vez más abiertos a la acción de la gracia en nuestras vidas.